El día de hoy asistimos a nuevas elecciones generales en medio de un ambiente hostil e incertidumbre debido a sorpresivos fallos judiciales y electorales a favor o en contra, así como inseguridad y diversos hechos violentos; promesas seguras o falsas de candidatos a la presidencia, a diputados y corporaciones municipales; nuevos y pocos candidatos con principios y valores, políticos tradicionales interesados en mantener el poder y beneficios económicos, sin dejar de lado las amenazas de estructuras criminales.

Los guatemaltecos que luchan por el bienestar nacional, no obstante las adversas circunstancias a que han estado sometidos durante largos años, expresan emotivamente su satisfacción por arribar a este acontecimiento cívico, aunque poco democrático por tanta adversidad, para elegir a nuevas autoridades, que estarán obligadas a cambiar durante cuatro años el destino de nuestra apaleada patria, cumpliendo con sus promesas con responsabilidad, dignidad, honestidad y deber ciudadano.

La ciudadanía necesita un radical cambio para vivir en paz, trabajar y ofrecer su mejor aporte al país, el cual debe incluir, por supuesto, un estricto y legal combate de tanta podredumbre, la repudiable impunidad, la violencia, criminalidad y horrenda mortandad de inocentes criaturas, niños, adolescentes, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos ajenos al ajetreo criminal, cuyo luto permanecerá indefinidamente en sus hogares y familias.

La función periodística, afectada por políticos corruptos durante la etapa preelectoral y con posibles consecuencias futuras, debe ser defendida con valor por las nuevas autoridades. Ya diferentes entidades de prensa mantienen alzada su voz, como la Asociación de Periodistas de Guatemala, Cámara Guatemalteca de Periodismo, Reporteros sin Fronteras y medios de comunicación escritos, radiales y televisivos. La libertad de prensa y libre emisión del pensamiento estarán siempre vigentes, pese a la corruptela de indeseables guatemaltecos y extranjeros.

Las futuras autoridades, entre tantos cambios, deben evitar el derroche de dinero millonario y combatir el paso de drogas de Colombia a Estados Unidos —mayor consumidor, que debe asumir su responsabilidad—, así como en la utilización de personal, vehículos aéreos, terrestres y marítimos, y demás cuantiosos gastos sin ningún provecho. Lamentablemente estos narcóticos no pueden ser utilizados para elaborar medicinas, que tanta falta hacen.

También debe controlarse la venta y obsequio de armas a delincuentes salvajes que matan a diestra y siniestra —al estilo del antiguo y famoso Oeste—, cuya repudiable acción debe acabar, a las buenas o a las malas, pero legalmente, llevando a prisión a sicarios que ganan dinero de manera repugnante. De tantos hechos delictivos cometidos diariamente, muy pocos son aclarados en algunos tribunales; los demás quedan en el olvido, en perjuicio de la sociedad.

También, insistimos, es urgente que las autoridades que resulten electas cumplan con su deber de impulsar otros muchos cambios; entre estos mejor asistencia benéfica, salubrista, educativa, nutricional, social y laboral.

Demandamos del nuevo gobierno que haya menos pobreza, sobre todo para que los futuros ciudadanos puedan vivir en un país desarrollado.

Asistimos a estas elecciones, que llegan con las lluvias propias del invierno y los tradicionales zompopos —nada que ver con los políticos—, exquisito bocado que, como los valores en la política, también se ha ido extinguiendo.

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