A escasas 72 horas de estas elecciones, tiene sentido convencerse de la necesidad urgente de realizar, para salvaguardar la democracia, una larga lista de cambios en las condiciones para lograr, a partir de los comicios del 2023, gobiernos integrados por personas con un aceptable nivel de cualidades personales, experiencia política, no politiquera, y además realizar cambios ante los terribles resultados de la falta de suficientes condiciones para aspirar a los cargos de elección popular. Se debe admitir el fracaso de una malentendida libertad y derechos: no cualquiera puede tenerlos sin llenar más requisitos. Para ser presidente, por ejemplo, hoy solo se necesita ser alfabeto y tener menos de 40 años.

Esta condición, irónicamente, deja fuera a la mayoría de ciudadanos, y de hecho los reduce a quienes tienen entre 40 y 75 años. Hay necesidad de expresarlo, entendiendo perfectamente su calidad de ser discriminatoria. Pero también, así como lo es impedir a los militares ser candidatos antes de haber pasado cinco años después de su retiro, o a los sacerdotes católicos y pastores no católicos, aunque estos han ejercido algunos cargos públicos como consecuencia de la dificultad de calificarlos como personas no pertenecientes al estado seglar. Igualmente, a la legalidad de las acciones político-religiosas, por constituir una mezcla peligrosa y en muchos casos retrógrada. Estas son nuevas condiciones necesarias para impedir la mezcla de la política con otras actividades sociales.

En el campo de los partidos políticos, las alteraciones deben ser mayores. Por mencionar solo algunas: inscribirlos cuando tienen filiales en al menos la mitad más uno de los departamentos; permitirles participar en elecciones hasta pasados cinco años de su fundación; obligarlos a tener motivaciones ideológicas escritas, así como escuelas de formación política. En las condiciones actuales sucede el caso de la ignorancia del funcionamiento del Congreso por diputados electos por casualidad. Y en cuanto al nepotismo, limitar o eliminar la participación de la parentela: hijos, esposas, sobrinos, hermanos, parientes políticos, con el fin de evitar la integración de clanes, sobre todo en las alcaldías y en el Congreso. No es discriminación, sino poder orden.

Al nacer la actual constitución, no se pensó en eso porque en ese tiempo no ocurría el abuso y la decisión de establecer hordas politiqueras para el pillaje del país. Es necesario hablar de esto por ser la única forma de decidir cambios para lograr resultados diferentes. Estas elecciones serán más de lo mismo, en realidad, y por ello no se pueden lograr resultados distintos: aunque haya la mejor voluntad, las condiciones aún no están dadas. Solo se podrá, si la suerte ayuda al país, hacer cambios positivos porque las personas electas sean correctas y estén dispuestas a dar el primer paso en la ruta adecuada. Para esto se necesita no solo valentía, sino respeto a sí mismas y ser temerosas del implacable juicio de la historia, de la cual tantos se han olvidado o simplemente no respetan.

Ese primer paso puede ser la acción de colocar un voto válido en las urnas para impedir la entronización total de la vieja política, representada por demasiados aspirantes. Algunos integrantes de los nuevos partidos solo son lo mismo. Los nuevos, por lo general jóvenes de edades alrededor de los treintas, tienen tiempo para madurar como personas y como políticos, sin importar su nivel académico, su etnia, etcétera. Pero deben compartir un simple criterio: hacerlo correcto para la mayoría de personas en todos los campos: salud, educación, respeto a la naturaleza, y así un largo etcétera. Las verdaderas revoluciones de la historia se relacionan con cambios referentes a valores humanos. Y estos no cambian. Solo lo hacen las circunstancias.

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