En los apenas cinco días pasados desde cuando se conoció el resultado de la elección del 11 de agosto, como es lógico, ya se han escrito muchos trabajos de articulistas de prensa y de personas no periodistas, pero sí comentaristas del acontecer nacional. Los temas han sido el doctor Alejandro Giammattei, su gabinete, las previsibles consecuencias políticas de su victoria electoral, especialmente en el caso del actual gobierno y sus figuras cada vez con menor percepción popular de importancia, aunque la tendrán hasta el 14 de enero, a las 14 horas; es decir, dentro de 151 días. Algunas personas comentan en privado la obligación de la prensa para ayudar al presidente electo, ahora y cuando llegue oficialmente al cargo. Es cierto. Es necesario, entonces, señalar cómo lo debe hacer.

Los comentaristas, especialmente, tienen una forma muy beneficiosa para ayudar. Es fácil definirla: estar atentos para señalar posibles errores del mandatario y darle algunas ideas para no cometerlos. Las razones son simples: en la época de las campañas, la lengua se acelera y tiende a expresar lo dictado por el hígado y por el corazón, pero no por el cerebro, cuya actividad obliga a pensar con cuidado antes de hablar, o a escuchar criterios de quienes haya escogido como sus asesores. Eso sí, recordando el viejo dicho de ser «amo de su silencio y esclavo de sus palabras», y el aforismo legal de «todo lo dicho por usted podrá ser utilizado en su contra», o se volverá en su contra. Utilizar la figura de un vocero, cuyas declaraciones sí pueden ser cambiadas.

Quienes ganan una elección muchas veces al principio no se dan cuenta de ser el presidente de la República. (En las cercanías del final de su período, el problema es creerse el presidente de la República, dicen aquellas personas con humor negro). Un serio problema lo crean quienes se encuentran en sus cercanías, convencidos de afianzar su puesto como tales por medio de la lisonja, o usarla como escalera. «¿Qué horas son? Las que usted quiera, señor presidente…». Puedo afirmar haber escuchado varias frases en esa línea. Puedo afirmar también haber visto cómo la atención de los mandatarios se acerca paulatinamente a lo dicho por los zalameros. Y es lógico: cae mal y causa molestias estar escuchando críticas o advertencias de posibles riesgos, en vez de alabanzas.

La prensa independiente, en su manifestación informativa y de opinión, tiene entre sus tareas recoger lo expresado por quienes adversen, lo cual indudablemente también incluye noticias o comentarios de acciones correctas. Esto trae a colación el viejo problema de la definición de noticia. Ejemplo: ¿es noticia la inauguración de un puente, o el hecho de ser un funcionario específico quien lo puso en servicio? Otro: ¿debe quedarse en silencio la prensa cuando se descubre algún hecho de corrupción de un funcionario?, ¿o de las consecuencias negativas de decisiones tomadas para beneficiar a alguien, o como consecuencia de haber escogido a algún colaborador inexperto y talvez de moral política distraída? Son ejemplos simples, sólo para ilustrar el punto.

Mantener la rienda apretada en su relación con los poderes políticos, y de hecho de un país, es la única forma de ayudar a un mandatario. Pero como eso necesita excluir la lisonja, es arriesgado para este tipo de funcionarios declararse amigo de la prensa. Ya son demasiadas declaraciones similares de los presidentes al principio de sus mandatos. Hasta Serrano lo hizo. Quienes dejan de ser analistas serenos y se convierten en activistas, sin admitirlo y sin poder ver la niebla de su nuevo criterio, consideran a toda crítica como una intención de destruirlo. No es así. La amistad de los periodistas debe ser con las audiencias. Así se cumple la petición de ayudar a quienes llegan al mando del país y con ello se afianza la psicología social de la esperanza y la renovación.

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